Viernes, 23 de diciembre de 2005
No bien llegu? a territorio norteamericano, me acerqu? a una computadora y puls? la tecla Quejas.
Mis viejas convicciones anti-imperialistas me impulsaron a protestar contra el muro que Estados Unidos est? levantando en la frontera con M?xico. Yo cre?a que esa vasta pared de acero se propon?a impedir la libre circulaci?n de las personas, al mismo tiempo que el Tratado de Libre Comercio aseguraba la libre circulaci?n del dinero, y eso no me parec?a bien. Pero la computadora despej? la confusi?n de mi esp?ritu: -No es un muro -explic?-. Es una obra de arte. Un gigantesco monumento que se erige en memoria de los m?rtires del oprobioso Muro de Berl?n.
Entonces puls? la tecla Dudas.
Se me ocurri? plantear el caso de las leyes contra los inmigrantes. Leyes ya aprobadas, como la 187 de California, que suprime los derechos de los inmigrantes ilegales, y leyes anunciadas, como las que amenazan suprimir tambi?n los derechos de los inmigrantes legales. Mi duda era: ?Se proponen estas leyes beneficiar a los indios? Siendo Estados Unidos una naci?n de inmigrantes, s?lo los ind?genas, los Native Americans, quedar?an a salvo de esas medidas. Me parec?a un gesto conmovedor: una expiaci?n hist?rica, al cabo de tanto crimen y de tanto desprecio. Pero la m?quina me aclar? las cosas: en Am?rica, inmigrantes son todos, y los indios tambi?n. Ellos vinieron desde el Asia, hace 30 mil a?os.
Las leyes no tendr?n excepciones.
Puls? la tecla Iniciativas.
Pregunt? si ya exist?a alg?n proyecto para fabricar una tinta m?gica, que fuera capaz de ba?ar a la mano de obra latinoamericana, para hacerla invisible, cada d?a, a la ca?da del sol, despu?s de las horas de trabajo en los campos y en las calles del norte. Esa tinta podr?a evitar la molesta presencia de los braceros mexicanos y centroamericanos en las plazas, cines, restoranes y otros lugares p?blicos de los pueblos y ciudades de Estados Unidos.
-No todav?a -inform? la computadora.
Volv? a pulsar la tecla Iniciativas.
Pregunt? si a nadie se le hab?a ocurrido la idea de abrir una embajada de los Estados Unidos de Am?rica en Estados Unidos de Am?rica, con sede en Washington, para que la CIA pudiera organizar golpes de Estado tambi?n en su propio pa?s.
-No todav?a -repiti? la computadora.
Regres? a la tecla Dudas.
Pregunt?: ?No ser? un error que se llame Secretar?a de Defensa al ?rgano de gobierno que se ocupa de la fuerza militar de Estados Unidos? ?No ser? un error llamar Presupuesto de Defensa al dinero que la alimenta? Defensa me parec?a una palabra equivocada, teniendo en cuenta que Estados Unidos no ha sido jam?s invadido por nadie, pero en cambio se ha dedicado a invadir a los dem?s, desde los albores de su vida independiente, a un promedio de una invasi?n por a?o. ?Y por qu? esos gastos de Defensa siguen siendo tan enormes, casi el doble que en 1980? ?Defensa contra qui?n, si ahora los rusos son buenos? Con cibern?tica impaciencia, la m?quina me cort? el discurso y puso las cosas en su lugar: -El mundo amenaza -explic?-. No se puede confiar en nadie. Los buenos de ayer pueden ser los malos de hoy. Los buenos de hoy pueden ser los malos de ma?ana.
Yo agradec? la informaci?n, pero ped? a la computadora que me diera un ejemplo, sin ?nimo de abusar de la buena voluntad de la tecnolog?a.
-El tabaco -respondi? la m?quina.
En ese momento se me ilumin? la cabeza. Me di cuenta de que ?sa era una tremenda verdad: ayer el cigarrillo hab?a sido bueno, en los labios de Humphrey Bogart o del vaquero de Marlboro, pero hoy es malo. Mal?simo. Estados Unidos ha declarado la guerra santa contra el cigarrillo. Ignorante de m?, pregunt?: ?Por qu?? ?Se prohibe el cigarrillo porque da c?ncer, o porque da placer? Entonces la computadora se desconect?. Y yo me qued? sin saber si los marines iban a invadir a los pa?ses fumantes, para salvar al mundo del pecado del humo. No habiendo m?s enemigos a la vista, ?sa me parec?a una promisoria posibilidad para el Pent?gono y su presupuesto.
La m?quina se neg? a seguir funcionando. No me sorprendi?. Yo nunca he tenido confianza en las computadoras.
Siempre he sospechado que ellas beben de noche, cuando nadie las ve.

Eduardo Galeano
(1940 /Montevideo-Uruguay)
Publicado por Silsh @ 3:32  | Prosa
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ssssss
Publicado por ParticipanteAnonimo
Mi?rcoles, 12 de noviembre de 2008 | 13:51