Martes, 18 de abril de 2006
Literatura infantil

por Hern?n Casciari


A los doce a?os yo pensaba en la muerte con lejan?a y por placer. Y pensaba en los r?os nocturnos que ten?an un nombre con consonantes dobles. Hab?a un perro en mi casa, y yo quer?a que ?l me hablara y me contara una historia de su vida anterior a m?. Tambi?n quer?a encerrarme a oscuras con una manzana y ver cu?nto tardaba en morirme de hambre. Lo cierto es que estaba a punto de escribir un cuento, pero todav?a no sab?a qu? decir.

Levantaba los cigarrillos que la gente grande tiraba en la vereda y me los fumaba. Tocaba La Morenita va a la Acequia en un acorde?n. Me gustaba oler el papel de la Colecci?n Robin Hood. Me parec?a que la saga de Sherlock Holmes era la mejor literatura del mundo, y que Sir Arthur Conan Doyle era el mejor escritor del mundo. Cuando despu?s le? El Mundo Perdido me dije que, si adem?s de escribir cuentos de detectives, este Conan Doyle era capaz de escribir semejante novela de dinosaurios, se pod?a morir tranquilo que nadie iba a ser nunca mejor que ?l. Yo no sab?a que Conan Doyle ya estaba muerto. Ni siquiera sab?a que Sir no era ni por las tapas su primer nombre. Hasta que lleg? Mark Twain, por supuesto. Ah? Sir ya empez? a ser, no digo literatura menor, pero s? algo bastante pasatista (tambi?n me decepcion? un poco que Sherlock empezara a usar pistola).

Mark Twain era otra cosa. Un monstruo enorme, un viejo loco que sab?a mejor que ning?n adulto con qu? cosas fantasea un chico de doce a?os. Yo quer?a fingirme muerto para ver cu?l era la reacci?n de mi familia. Mil veces hab?a so?ado con eso. O con ir a una isla desierta junto a un mejor amigo y fumar en pipa, y comer lo que se cayera de los ?rboles. Navegar en una balsa de madera con un negro loco. Encontrar un mont?n de plata robada y ser el h?roe del pueblo. Conversar toda la noche de cosas graciosas o de temas de miedo con unos viejos barbudos reci?n llegados del mar. Odiar la escuela tanto como querer aprender todo de golpe, pero de otra forma. Y hasta quemar los libros de la escuela. Siempre fui m?s parecido al Caio que al Nacho.

La primera vez que un libro me puso la piel de gallina fue cuando llegu? a la parte del mon?logo final de Huck; era un p?rrafo largo que, de tanto releer, ya me sab?a de memoria. Lo repet?a mil veces a oscuras en mi cama, con el fanatismo de una oraci?n cristiana. Aqu?lla fue mi primera forma de religi?n:

?Mira, Tom ?yo pon?a una voz que ahora no me acuerdo? no quiero saber nada con todo ese dinero... As? como est?n las cosas, todo me parece servido en bandeja, a la vida buena la tengo al alcance de la mano, y me resulta la mar de fastidioso no tener que preocuparme por nada. Adem?s debo usar esos est?pidos zapatos, e ir a la iglesia los domingos, y la viuda no me deja silbar, ni fumarme mi pipa en paz, y para maldecir a gusto tengo que esconderme en el establo... Hagamos una cosa, Tom; qu?date t? con la pasta, y me tiras unos duros cada vez que sople el viento..., que no vale nada, Tom, lo que no nos cueste un poco conseguir.
A los doce a?os yo no ve?a la hora de encontrarme con alguien que hablara as?. Yo no sab?a que eso no era una jerga gloriosa de libertad, sino la resaca de las malas traducciones espa?olas. Pero en las conversaciones corrientes yo dec?a la mar, y tambi?n dec?a pasta, y de noche so?aba con el ruido del Mississippi, y envidiaba la suerte de los chicos que ten?an a la vuelta de su casa un r?o con tantas consonantes (mi r?o Luj?n s?lo ten?a cinco letras), y con tantos esclavos nocturnos escapando de los campos de algod?n.

Salgari y Verne, en cambio, me parec?an espamentosos: demasiadas armas de fuego, demasiados aparatos raros para tratar de divertirme. Lo que al Tigre de la Malasia le costaba una semana de andar por el desierto a caballo matando gente con su cuchillo de filo triple, el detective de Baker Street lo resolv?a mirando el barro en los zapatos del que uno menos se esperaba fuese el asesino de la millonaria. Lo que a Philleas Fogg le resultaba f?sicamente tan cansador y violento, tan engorroso y descriptivo, Tom y Huck lo solucionaban en un tris (misteriosa s?laba que quer?a decir periquete), simplemente maullando en c?digo desde el bosque para que nadie supiera que se trataba de una conversaci?n secreta entre ellos.

?Ah!, me fascinaban las historias en donde las personas deb?an ingeni?rselas con poco para lograr felicidades breves: nada de artilugios ni de globos aerost?ticos para dar la vuelta al mundo en tiempo r?cord; ?sos eran medios mec?nicos para dar con fines pretensiosos. En las historias de mis libros deb?a haber personas normales que descubrieran la verdad casualmente, y que esa verdad los llevara a la consumaci?n de la dicha. Porque en realidad, pensaba yo, ?no vale nada, Tom, lo que no cueste un poco conseguir?. Pero tampoco val?a mucho conseguir nada dram?ticamente, sin un poco de buen humor y de azaroso desinter?s.

Me decepcion? mucho la historia aqu?lla en que Sherlock y Watson debieron usar armas de fuego para resolver uno de sus casos. Me parecieron, ambos, tan falsos como la segunda ?poca de Tom y Jerry (cuando usaban mo?ito y eran amigos; cuando ya no los dibujaba el dibujante de siempre sino un tipo que trazaba l?neas m?s modernas). Holmes, el viejo astuto que pod?a entrever la vida entera de la v?ctima s?lo husmeando con su lupa un pedazo de u?a en la oscuridad de la morgue, no ten?a por qu? empu?ar una browning, por m?s perfecta que fuese la ingenier?a de su mecanismo, ni por m?s peligroso que pareciera su adversario. Arthur Conan, que me perdone, en esa historia se hab?a vendido al capitalismo.

?No hab?a sido ese mismo Doyle quien le hab?a hecho decir a Sherlock ?en una hermosa historia corta de unos a?os antes? que ?el mejor arma que tiene un hombre es pensar cinco minutos m?s, all? donde los dem?s suponen que ya no hay nada que pensar?? Que usaran pistolas, estiletes y dagas persas los mamarrachos que inventaba Salgari. Yo sab?a que hab?a chicos que se devoraban esos libros. Pero esos chicos no iban a ser mis amigos, ni habr?an sido nunca amigos de Huck. Era como si Tom Sawyer hubiera querido resolver el asunto de la cerca de la t?a Polly tomando por rehenes a sus compa?eros y amenaz?ndolos de muerte si no acababan de pintar antes de que cayera el juez. Era como si Laura Ingalls, en lugar de esperar a que Almanso apareciera m?gicamente en su vida, se hubiera casado con el menor de los Olsen para heredar alguna vez el minimercado.

?Sherlock Holmes, el hombre m?s avispado de todo Londres, el que dejaba pagando a los gorilas del Scotland Yard, el que no tem?a entrar de noche a los suburbios de Witchappell, usando una pistola..., habr?se visto! Yo creo que ah? dej? de leer la saga. Y empec? a enga?ar a Doyle con el padre Brown de Chesterton, y con el H?rcules Poirot de Aghata Christie (la vieja Marple tanto no me gustaba).

Yo creo que por ese tiempo fue que una noche, en la pieza de arriba de mi casa en Mercedes, le? tambi?n El Gato Negro y Los Cr?menes de la R?e Morgue, pensando que segu?a leyendo libros de misterio corrientes, sin darme mucha cuenta que esa vez s?, silenciosamente, estaba ocurri?ndome literatura.

Los principios de los cuentos de Poe no ten?an nada que ver con todo lo le?do hasta entonces. Si hasta all? las historias empezaban directamente, incluso hasta con una raya de di?logo y un planteo lineal, Edgar acababa de descubrirme otra manera de envolverme: diciendo la verdad desde el principio, escribiendo cosas como ?bueno, est? bien, para empezar debo decir que estoy loco y que voy a matar a ese viejo sin ning?n motivo?. Y en el segundo p?rrafo yo empezaba a darme cuenta que la locura no consist?a en la levedad de escaparse de la casa por la noche con un mejor amigo y asustarse con los sonidos secretos de los animales de las islas desiertas de Nueva Orl?ans sino, por ejemplo, emparedar a tu esposa en una columna del s?tano y esperar a que llegue la polic?a a preguntarte cosas inquietantes.

O saber, de golpe, que muchas veces hay misterios que traspasan la l?gica cartesiana de Holmes (e incluso la futurolog?a de Verne) y que s?lo se pueden explicar desde los par?metros de la insan?a, del deliro y de la enajenaci?n mental. Un loco te explica con su fr?a coherencia por qu? comienza a sentir los latidos del coraz?n de un muerto, y uno no puede m?s que aceptar que un muerto, enterrado a dos metros bajo el parquet de la pieza de su verdugo, puede muy bien empezar a hacer saltar los postigos de las ventanas con su sola presencia. Muy bien pod?a ser.

Era imposible pero era probable, ?o no me pasaba algo parecido cuando le falsificaba la firma del bolet?n a mi mam?, de regreso a casa despu?s de la escuela? ?No almorzaba yo tambi?n mirando nada m?s que el plato, invadido por la extra?a sombra de la culpa, aunque la sombra fuese invisible o s?lo visible para m?? ?No se me pasaba por la cabeza que la regente ya hab?a llamado a casa por la ma?ana y que ya toda mi familia estaba enterada del fraude, y que nadie dec?a nada solamente para gozar un poco m?s con mi sufrimiento? ?No se me atoraban las alb?ndigas en la garganta como si quisiera llorar por una cachetada que nadie me hab?a dado todav?a?

El miedo real, el liso y llano, el que nada ten?a que ver con las cosas de este mundo, empezaba a invadirme por obra y gracia de Poe. Y despu?s nada me har?a conciliar el sue?o por la noche, durante muchas noches; pero tampoco podr?a dejar de leer otra de sus historias, y despu?s otra, y despu?s otra hasta que una tarde me ver?a obligado a arrancar la primera hoja en blanco del cuaderno de matem?ticas y yo tambi?n tendr?a que echar luz sobre mis miedos y mis sue?os para que alguien los leyera. La semilla hab?a sido plantada en esos a?os; comenzaba a caer la lluvia sobre las grietas de la tierra.

ORSAI -S?bado 28 de Febrero, 2004
Publicado por Silsh @ 21:14  | Prosa
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