Domingo, 03 de septiembre de 2006
El peso espec?fico de los libros

por Beatriz Sarlo


Millones de personas viven en un mundo sin libros y no se trata s?lo de los pobres. Varias veces me sucedi?, llegando a una casa de vacaciones que durante todo el a?o ocupaban sus due?os, no encontrar el m?s m?nimo estantecito para los libros que tra?a conmigo. Ni un libro en toda la casa, ni siquiera de autoayuda, de cocina, de magia negra, de espiritualismo trucho, de reparaci?n de autom?viles, ni el reglamento de un deporte ni consejos para educar a los hijos o bajar de peso: vac?o absoluto de papeles impresos. Lo que m?s me impresion? fue una casa en un suburbio norteamericano donde una pared estaba ocupada por el televisor, otra media pared por anaqueles con ?lbumes de fotos familiares, y cero pulgadas con estantes para apoyar los libros que yo necesitaba en mis clases y terminaron apilados sobre el piso durante dos meses.

Un amigo arquitecto me informa que, cuando contratan a un decorador, los muy ricos ya no incluyen entre sus encargos una biblioteca, ni siquiera como adorno: la biblioteca, en esas mansiones tipo Miami, ha dejado de formar parte de los muebles indispensables, aunque m?s no sea para retocar una imagen, como suced?a en las viejas an?cdotas de nuevos ricos que encargaban sus libros por metro para instalar un "rinc?n cultural", como quien instala un "rinc?n r?stico" en una cocina de country-club para evocar el campo, y cuelga de las paredes ollas y sartenes de cobre.

Quienes tienen libros, en cambio, experimentan una sensaci?n extra?a: el espacio que se les asigna nunca responde bien a la cantidad de ejemplares. No importa cu?ntos libros ni cu?ntos metros de estantes, siempre estar?n en una relaci?n desfavorable. Al principio, hay pocos libros y los estantes se completan con adornitos o quedan vac?os; cada libro adquirido es un paso m?s hacia un llenado ideal, pero los libros llegan lentamente y si uno se pone a contarlos quiz? concluya que, hasta el momento, s?lo tiene treinta novelas y cuatro libros de historia o de pol?tica. Es la biblioteca del lector joven, que no la ha encontrado armada en su casa sino que se la consigue como puede.

Un hombre que muri? due?o de 12.000 vol?menes debe de haber vivido ese vac?o cuando empezaba su biblioteca, ya que todos sus libros ten?an escrita en la ?ltima p?gina el n?mero de orden con que ingresaron a su propiedad. La caligraf?a de los n?meros fue cambiando, la tinta empalideci?, pero el hombre mantuvo la numeraci?n hasta el final. Fue mi profesor de literatura inglesa en la universidad y se llamaba Jaime Rest. Yo ayud? a ordenar esa biblioteca antes de que fuera donada y tanto como la inteligencia con que Rest la hab?a armado (que era notable) me impresion? la numeraci?n: en m?s o menos cuarenta a?os hab?a adquirido, comprado, recibido, casi un libro por d?a. No era un hombre rico, por supuesto, sino alguien interesado por la filosof?a tanto como por las letras de las canciones de los Beatles. En el departamento donde viv?a, un cuarto estaba ocupado por columnas de libros, que cubr?an todo el piso; hab?a que desplazarse de costado para llegar hasta las que estaban m?s alejadas de la puerta, cuidando de no voltear alguna pila. La imagen m?s obvia es la de un laberinto, pero Rest sab?a en qu? columna estaba cada cosa, de modo que nunca ten?a la sensaci?n de andar perdido buscando el camino.

No era un coleccionista de libros porque no pod?a permitirse el dispendio de las viejas primeras ediciones ni de los libros raros; no ten?a con los libros una relaci?n de bibli?filo ni una man?a de coleccionista, sino que se adaptaban a las idas y vueltas de una vida de intelectual: compraba los que cre?a necesitar, sin perseguir ediciones dif?ciles. Sin embargo, como hab?a empezado a comprar en los a?os cuarenta, ten?a libros que se hab?an vuelto fetiches de colecci?n: primeras ediciones de Borges, entre otros.

Despu?s de algunos a?os de comprar libros, probablemente un lector ya se haya resignado a que su biblioteca est? formada tanto por errores como por aciertos. Los libros que se han ido juntando, adem?s, son un testimonio de los entusiasmos fugaces, que hoy se pueden reconocer como ocurrencias y berretines insustanciales, de las modas, de creer que la lista de best-sellers es un ordenamiento cualitativo, de adjudicar a una opini?n escrita m?s autoridad de la que merec?a, de seguir un consejo que convence s?lo porque quien lo ofrece est? entusiasmado. ?C?mo se me ocurri? comprar este libro??Por qu? debo conservarlo si lo que muestra es un malentendido??Qu? tengo que ver yo con esto que me gust? en el pasado y hoy me pone inc?moda precisamente porque me gust?? Cuando se la acumul? por a?os, una biblioteca es una especie de corte geol?gico donde se ven las napas de caprichos desvanecidos, tanto como los sedimentos que se han afirmado. Por eso, cuando alguien mira la biblioteca de otro, de alg?n modo, est? al borde de la indiscreci?n.

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Publicado por Silsh @ 12:51  | Art?culos
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