Domingo, 03 de septiembre de 2006
Mi sof?, mi casa, mi embajada
por Hern?n Casciari

Ayer volv? a mi casa despu?s de un mes de estar en otros lugares peores. He vuelto a mi ba?o, a la forma exacta del culo en el inodoro, a hablar por tel?fono tirado en el sof? naranja, a ver pel?culas hasta cualquier hora y, m?s que todo, he vuelto a tener todo el tiempo del mundo para conectarme a Internet y mirar televisi?n. Por alguna raz?n, siento que hubiera regresado no a mi sof?, sino a mi patria. Es un poco raro, pero cuando me voy de mi casa en Barcelona por alg?n tiempo, lo que m?s extra?o es Argentina.

Es que con paciencia y dedicaci?n, los que vivimos en un pa?s extranjero hacemos de nuestra casa una especie de consulado, o embajada. En la m?a, por ejemplo, el reloj m?s visible del comedor marca la hora argentina. No es una frivolidad nost?lgica, sino algo muy ?til, porque necesito saber qu? hora es all? si quiero llamar al Chiri o a mi hermana, o si debo imaginar qu? est?n haciendo mis padres, si almorzando o durmiendo la siesta. O para saber, los domingos, si ya es hora de poner la radio.

La televisi?n, o m?s bien la antena, tambi?n est? tuneada para que sintonice los eventos imprescindibles del otro lado del charco; y la radio, los libros, los discos; y la compu bajando series argentinas toda la ma?ana, mientras duermo. Dentro de casa he construido el mundo de este modo para que casi nunca se me venga encima la sensaci?n de estar lejos (y un poco tambi?n para molestar a Cristina).

Pero entonces, a veces, pasan cosas horribles e inesperadas. A m? me ocurri? hace treinta d?as: me tuve que ir de casa un mes entero.

Es incre?ble, pero en ese tiempo he padecido el exilio verdadero, no ese s?mil del que me quejo (de lleno) casi siempre en estas p?ginas. He vivido en carne propia aquel dolor horrendo que se sufr?a en la antig?edad: el de no saber nada en directo, el de no tener puntos de conexi?n con el origen. De hecho, ni siquiera pude ver los cuatro primeros partidos de Argentina en el Mundial de B?sket, y me enter? con tres d?as de retraso que Mat?as Silvestre, el hermano chiquito de mi amigo el Chino, hizo un gol en Boca y sali? en la tapa de todos los diarios. Un asquete.

Por culpa de esa vivencia espantosa (la de sentirme en diferido) me puse a pensar con seriedad y admiraci?n en aquellos que debieron dejar Argentina en las ?pocas en que, realmente, no hab?a modo de informarse ni de estar cerca de manera virtual. Porque, dig?moslo de una vez, en los ?ltimos a?os ?mediados de los ?90 hasta hoy? vivir lejos del pa?s comenz? a ser m?s f?cil para el cuerpo, y m?s sosegado para el alma.

Los dramas personales del desarraigo ahora son m?s leves: las cartas no viajan ya por barco, ni uno tarda meses en saber que la madre ha muerto. Las noticias pol?ticas y deportivas de la patria no llegan con cuentagotas, ni tampoco tergiversadas. La memoria no se horada con el paso de los meses, ni la melancol?a transita ya por el camino de la incertidumbre. ??Me recordar?n??, o a?n peor, ??Todav?a los recuerdo?? no son ya las preguntas insomnes del que se ha ido.

No hace tanto, en los a?os de la dictadura argentina, muchos escritores que tuvieron los reflejos de salir del pa?s a tiempo, sin casi maleta ni despedida ni explicaci?n ni consuelo, narraron desde el extranjero la soledad y la impotencia del exilio. A m? siempre me emocion? esa catarsis, ese desahogo literario. El que m?s recuerdo siempre es Humberto Costantini, un narrador porte?o a ultranza que un d?a, de sopet?n, se vio solo y desesperado en M?xico, sin saber nada m?s de su familia, ni de sus amigos, ni de sus calles, ni de la suerte o desgracia de su pa?s asediado.

Por terror a olvidarse, Costantini hab?a inventado un juego solitario. Por las noches, a oscuras en el DF, intentaba recordar al detalle la vereda oeste del Rosedal bonaerense, palmo a palmo; exactamente el breve trecho entre un viejo farol ingl?s y una matita de corona de novia. Lo hac?a con cuidado, como si acariciara ese pedacito de la avenida Infanta Isabel, reinventando en el recuerdo cada baldosa, cada busto: William Shakespeare junto a Alfonsina Storni, y m?s all? don Luis de G?ngora, hasta el arco formado por Gabriela Mistral y Carlos Guido Spano.

?Era una forma, como cualquier otra ?dec?a el escritor exiliado? de entrar clandestinamente en el pa?s, por la mal vigilada frontera de la imaginaci?n.

Cuando yo ten?a 18 a?os le?a con fervor a Costantini, y ese ejercicio de la memoria que ?l hab?a inventado me parec?a a la vez doloroso y po?tico. Desesperado, pero tambi?n imposible. No me cre?a capaz, en mi juventud, de pasar por ese trance de no estar en mi lugar de origen. El desarraigo me parec?a m?s una enfermedad que una decisi?n; me parec?a una fatalidad. Yo estaba convencido, y lo aseguraba en las sobremesas juveniles, de que jam?s dejar?a la Argentina por voluntad propia.

Con el paso del tiempo, y una ayuda tecnol?gica providencial, sigo pensando lo mismo: soy incapaz de dejar mi pa?s. No podr?a vivir aqu? en Espa?a, ni en ning?n otro sitio, sin ser argentino durante las venticuatro horas del d?a, con toda la fuerza de mi voluntad. Claro que ahora no hay que acostarse y, a oscuras, recordar al mil?metro las plazas y los parques queridos. ?Para qu??, si existen los mapas satelitales de Google. Ni hay que esperar a que llegue otro expatriado para preguntarle, a los gritos desde el puerto:

??Ey, c?mo va Racing en la tabla?

Al contrario. La tecnolog?a es tan veloz y tan puta, que hubo noches en que he visto a Racing en directo desde Barcelona, mientras que mi padre, en Mercedes, lo ten?a codificado. Y yo le explicaba los goles por el messenger, en una paradoja moderna que nos sigue causando gracia y, a la vez, estupor.

Cada vez importa menos d?nde estamos parados. Cada d?a que pasa uno puede elegir su patria con mayor facilidad, sin la desgracia de tener que padecerla.

Si entr?semos a hurtadillas en el ordenador port?til de cualquier desconocido, y estudi?semos brevemente el historial de los ?ltimos diez peri?dicos que ha visitado, sabr?amos en qu? patria piensa, qu? patria le preocupa, cu?l lo desvela, con independencia de d?nde haya elegido vivir, o d?nde le haya tocado. Creo, entonces, que hay una nueva y moderna concepci?n de identidad, y quisiera resumirla en cinco palabras: ?Somos de donde necesitamos saber.?

Yo, por suerte, ya he vuelto a casa; y estoy lleno de preguntas.

Hern?n Casciari
Orsai,24 de Agosto, 2006
Publicado por Silsh @ 12:59  | Art?culos
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