Jueves, 16 de noviembre de 2006
EL ADJETIVO Y SUS ARRUGAS
por Alejo Carpentier

Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poes?a, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal dep?sito sin haber dejado mayores huellas en una p?gina. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categor?as, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez m?s, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del G?nesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la divisi?n de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial po?tico desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jerem?as dice que ni puede el et?ope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acu?a una de esas expresiones po?tico-proverbiales destinadas a viajar a trav?s del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. As? el refr?n, frase que expone una esencia de sabidur?a popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cl?usulas: "Dime con qui?n andas...", " Tanto va el c?ntaro a la fuente...", " El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconf?an del adjetivo, porque cada ?poca tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.

El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperaci?n -sincera o fingida- tuvo un riqu?simo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera l?gubre, melanc?lico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombr?o, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, gris?ceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron hel?nicos, marm?reos, versallescos, eb?rneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, ?ureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en Par?s, Sar Palad?n llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo m?gico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy h?bilmente la adjetivaci?n de Jacobo de la Vor?gine para darse "un tono de ?poca". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones po?ticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y on?rico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.

As?, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generaci?n. Tras de los inventores reales de una expresi?n, aparecen los que s?lo captaron de ella las t?cnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorer?a del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrer?as, de la adjetivaci?n.

Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de ?l, usan los adjetivos m?s concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ?nimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribi? el Quijote.
Publicado por Silsh @ 13:40  | Art?culos
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Comentarios
Cada vez que leo algo del autor quedo pasmada y transportada a otro mundo. Me agrada tu inter?s porque hace inmortar a Carpentier.

Carissa Garc?a

http://carissagarcia.blogspot.com
Publicado por Carissa
S?bado, 23 de diciembre de 2006 | 0:45

Este artículo es de una importancia capital para los aprendices de escritores que tratan de embellecer sus textos con el adjetivo. Aquí ha dejado Carpentier, de manera suscinta el peligro y la necesidad del uso del adjetivo en nuestrso textos. Balancear ese peligro y esa necesidad es la labor que debemos imponernos, para el estilo de nuestra obra definitiva. ERdelValle.

Publicado por ParticipanteAnonimo
Viernes, 28 de junio de 2013 | 0:16