lunes, 27 de agosto de 2007
EL EMBOSCADO (I) Sobre Ernst Jünger

Por Marcelo Pompei

“No tenía cabida en la parte inferior de la escala, y menos aún en la de arriba” Ernst Jünger. El tirachinas, 1983.

Hay autores para leer. Hay autores para estudiar. Hay autores para trabajar. Hay autores para renegar. Hay autores para adornar. Hay autores para recobrarse. Hay autores para rumiar. Éstos últimos son los que se llevan siempre. Los que se nos adhieren. Los que interrumpen el sueño. A los que se regresa. A los que se reivindica. A los que uno se abraza en los naufragios. Quiero hablar, para quien no lo conozca aún, de uno de ellos. Ernst Jünger.

Declararse lector de Jünger no es fácil. E incluso en ciertos ámbitos hasta peligroso. No es que se trate de un acto que requiera de una cuota alta de valentía. Ni porque su prosa sea escarpada. Tal vez por dos motivos iniciales: porque abundan los comisarios morales y por los temas abordados por Jünger. Sus puntos de vista. A lo que hay sumarle las circunstancias históricas en las que se vio involucrado y dentro de las cuales escribió su enorme obra. Su dificultad está en sus ideas. Más bien habría que decir en el desarrollo variable de sus ideas a lo largo de sus ciento tres años de vida. Es mucho tiempo para mantenerse inmutable. Durante el siglo XX el mundo se agitó con violencia. Jünger no esquivó ninguna de las sacudidas de los primeros 50 años. En su caso no se trata de una acumulación perezosa de años, sino de experiencias, de actividades, de preocupaciones y ocupaciones. De guerras, de libros, de insectos, de drogas. Comienzo con una reseña biográfica.

Nació el 9 de marzo de 1895 en Heidelberg. Alemania. Su padre, también Ernst, fue farmacéutico y químico. Contaba con un comercio de medicinas que dejaba al alcance de su hijo algunos elixires de la felicidad. Jünger fue el mayor de siete hermanos a los que sobrevivió con tenacidad prusiana. Uno de ellos, escritor y poeta, Friedrich Georg. También traducido al castellano, pero menos localizable.

Ernst crece en Hannover. Se educa en un internado de aquella ciudad y en otro en Brunswick. Es un alumno distraído, ido: “Yo había inventado una especie de indiferencia distante que me permitía no estar ligado a la realidad sino por un hilo invisible como el de la araña.”. Para esta época adquiere experiencia de vagabundo con el Wandervögel. Una especie de grupo de excursionistas fantasiosos que recorren los bosques de la región, acampan, se entregan a la naturaleza con ánimo romántico. Se funden con los elementos, concepto jüngeriano por excelencia. Se cuentas historias. Aprenden. Se engañan con visiones nacionalistas. Se entregan a la cerveza. Conoce su primera ebriedad. Esto lo relatará más tarde en uno de sus libros más difundidos y quizás más arduos: Acercamientos. Drogas y ebriedad.

No será la única experiencia de viajero. Antes de terminar su escuela secundaria se fuga de la casa y se alista en la Legión Extranjera. Con mentiras sobre su edad y su condición logra sortear la frontera hacia Francia y de allí alcanza el norte de África. Se asusta. Los legionarios no son más que un grupo de cretinos y criminales ambiciosos. África lo decepcionó. Los relatos africanos no son africanos. Su expedición dura algo más de un mes. Se convierte en desertor con la ayuda de su padre, quien le reclama que no vuelva sin antes haberse tomado una foto. Su padre es condescendiente con su ansiedad escapista. En 1936 publicará aquello en su novela Juegos africanos. Su otra novela con experiencias de juventud escolar será El tirachinas de 1973.

1914. Guerra. La Gran Guerra. Se alista por propia voluntad como soldado. Pelea en las trincheras en el frente francés. Jünger fue soldado de batallas crueles. Verdún. Cambrai. El Somme. Su participación en la guerra termina con la guerra. Le deja 14 heridas en el cuerpo. Y uno de sus textos que lo popularizó, las Tempestades de acero. Reescrita y publicada varias veces. Corrige. Cambia. Allí se lee la gran transformación de la guerra y de los guerreros durante los cuatro años que duró el conflicto. Cómo el campo del honor se fue transformando en un teatro de operaciones. Un matadero. Cómo el caballo es reemplazado por el tanque. La bayoneta por la ametralladora y el cloro. La guerra de posición y de trincheras por la movilización total y la guerra de materiales. Él costea la publicación de esta novela en 1920. Genera entusiasmo en todas las facciones. Jünger tacha. Borra. Vuelve a escribir. Espanta la aclamación con la que lo celebran los nazis.

Fin de la guerra. Sentimiento de derrota. De traición. El famoso cuchillo por la espalda. El Tratado de Versalles maltrata a los muchachos alemanes. Muchos ex combatientes no se resignan. Venganza. Violencia. Viva Alemania. Se forma el Freiwillige Korps en 1919. El odio sale a la calle. Atenta. Mata. El resentimiento es criminal. Hace poco tuve una desgraciada experiencia de lectura. Fue con la autobiografía de Rudolf Hess. He leído un sinfín de cachivaches literarios. A éste hay que sumarle que no sólo el mencionado es tan mal escritor como criminal, sino que sus delirios no despiertan la menor curiosidad psicológica o histórica. Lo peor es que comienza por el principio, con su nacimiento. Se torna ya insoportable a la altura de los seis años. Hess formó parte del Freikorps. Mató. Fue encarcelado. Fue perdonado. Se alineó al nazismo.

A pesar de su desazón por la derrota, Jünger se resiste a continuar combatiendo de manera irregular por una causa irregular y por despecho. Permanece en el ejército. Redacta manuales de tácticas para la infantería.

Putsch de Kapp. Marzo de1920. La derecha, Wolfgang Kapp, y el General Walter von Lüttwitz van contra el gobierno de la República de Weimar de Friedrich Ebert. Toman Berlín. Los desalojan al cuarto día. Alemania arde políticamente. Jünger se mantiene frío. Tibio. En ese momento se encontraba internado en el hospital militar de Hannover por un problema menor. Se pone a las órdenes del mayor von Stülpnagel. Hay que sofocar la rebelión. Jünger es un oficial del ejército. A pesar de todo prefiere una indiferente neutralidad ante la coyuntura. Aquí Jünger da muestras de un procedimiento que será corriente tanto en su acción política como en su práctica literaria: separar lo accidental de lo central, del núcleo sustancial. Comienza a madurar en él el tipo de temperamento, de actitud política, una Figura, que se manifestará después de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte. El anarca . Observa. Registra. Separa. Sus participaciones materiales se reducen a las apariencias. Su preocupación está enfocada al cultivo de sí. La realidad se parte en dos: el mundo material y la experiencia interior. Vuelva a tejer la seda invisible que lo mantiene apenas ligado al mundo. Sus relatos sobre la guerra manifiestan esta perspectiva. No constituyen un anecdotario de sangre y fuego. Cuentan cómo la sangre y el fuego afectan el espacio íntimo. Su formación y deformación. Es el relato de lo que la guerra produce en quienes la hacen. Así, la realidad material no aparece sino como la manera en que es mirada por unos ojos, y unos sentidos, que la absorben y son impactados. Lo real radia de quien vive. Su forma es proyectada hacia fuera. La guerra, según Jünger, produce, forma, deforma, transforma, alimenta. Resalta su positividad efectiva. Lo contrario es lo que Walter Benjamín sostiene de la guerra. Al que no le sumó, le restó. Entendida como negatividad, la depredación enmudece y ciega. Agamben se apoya en esta posición negativa para sostener tesis negadoras. Augur de calamidades terminales. Cito a Benjamín: “la gente regresaba enmudecida… no más rica, sino más pobre en experiencias compartibles… Porque jamás ha habido experiencias tan desmentidas como las estratégicas por la guerra de trincheras…”. El plano y el contraplano. Toda la obra de Jünger referida a la guerra es un poderoso contraejemplo contra esta impresión. Y más poderoso aún en tanto a Jünger le tocó en ambas guerras participar en el bando de los derrotados. Si es que es válido seguir sosteniendo el binomio victoria-derrota luego de ambos conflictos planetarios feroces. La devastación fue total desde Hiroshima a Berlín, desde Londres a Dresde. Total en los cuerpos. Lo que queda en claro es que el paso por la catástrofe no es unívoco ni afecta de la misma manera. La reacción cerebral es divergente. La biografía de ambos pensadores expresa materialmente la discrepancia de carácter y de pensamiento. Benjamín se quita la vida demasiado pronto o en el momento justo. Depende de cómo se lo mire. Jünger vivió más allá de los límites. A ambos la tragedia no los esquivó. En esto se asemejan. Benjamín se queda sin palabras. Jünger las adquiere. Las adquiere Primo Levi y muchos otros luego de ser triturados en campos de concentración. Las adquiere James Ballard después de ser separado de sus padres y encerrado en un campo de prisioneros en China. Para algunos temples, sin descontar una pizca de suerte, estos espacios fueron escuelas. La palabra la pierden los millones de hundidos anónimos. Así entendido, el relato, el testimonio, la meditación sobre lo sucedido, son efecto del desastre, del miedo, de los hundimientos, de las tragedias personales y colectivas. Agamben se equivoca cuando piensa que la palabra, o mejor, el relato, puede surgir a instancias de la luz pura, de la felicidad sonámbula o de la plenitud del Ser como parece querer decir. El ser no es afásico si es capaz de afectarse o se deja afectar por lo que le pasa. Por lo que le pasa y se queda. Si no elude. Se realiza a instancias de lo real, material, efectivo, concreto. No digo tampoco que el dolor sea la única condición de posibilidad. Lo son los placeres del mismo modo. La palabra los pronuncia. Placeres y dolores son transpuestos al mundo físico bajo otra forma que no es la de su mera afección pasiva y sin voz. O con ¿la? voz de una definición sin carne. La palabra conjura lo que nos mata. Festeja lo que nos salva. Al menos para que la muerte y la salvación no ocurra en silencio. El testimonio, en todas sus variantes, es una forma de la resistencia y del obsequio. Luego vendrá el tema de la calidad literaria y lo que esos relatos derramen en los lectores. Su destino en el tiempo. El silencio aparece si esperamos a que el Ser hable. El “ser en tanto ser” es mudo. Ciego como un topo. Se hace a garrotazos o caricias. Al Ser se entra por los poros epidérmicos y sale resuelto a contar lo que lo afecta; no creo en lo contrario. ¿Qué? es coquetería filosófica. Distancia de fóbico. Prudencia pacata.

En 1923 Jünger abandona el ejército. Se inscribe en la Universidad de Leipzig. Estudia zoología. Pero no abandona la política. Piensa. Escribe. Toma posición. Es momentáneamente seducido por un personaje de apellido Rossbach, miembro del Freikorps. Le pide que se haga cargo del movimiento en Sajonia. El hechizo duró poco. Jünger se da cuenta del espíritu que animaba a estos tipos. Lo primero que salta a ¿la? vista es su naturaleza corrupta. Intentan estafarlo. Le piden dinero. Se deshace de ellos. Viaja a Nápoles para continuar estudiando zoología. Abandona finalmente la vida universitaria, y se abandona a la vida de escritor independiente en Leipzig. Se casa con Gretha von Jeinsen. A la que Jünger apodará Perpetua. Ella tendrá en 1926 a su primer Hijo, Ernst, también llamado Ernestel. Comienzan a aparecer artículos suyos en El estandarte. Publicación que forma parte de la revista Cascos de acero. Su tono es extremo. El del soldado. Escora a estribor.

Sus ingresos como escritor son escasos. En 1927 se muda a Berlín donde continúa escribiendo duro. Entabla relaciones con otros intelectuales, algunos de cuales causarían indigestión a más de un bienpensante actual. Ernst von Salomón, Valeriu Marcu, Carl Schrnitt, Bertolt Brech. En particular, y a través de su hermano, estrecha vínculos con el nacional-bolchevique Ernst Niekisch. Autor de Hitler, una fatalidad para Alemania. La fatalidad lo encarcela en 1937 y lo reduce a despojo. Al poco tiempo de salir de prisión, ciego y debilitado, muere. Jünger guarda un gran recuerdo de este hombre, recuerdo que sale a flote seguido en sus diarios. Hasta el ascenso del nazismo al poder en 1933, Jünger sostiene de manera ininterrumpida su labor como polemista político.

En 1931 Jünger era un personaje conocido, leído y aplaudido, incluso por aquellos cuyos aplausos hizo lo posible por evitar. Uno de aquellos que festejaban la fama de Jünger fue Goebbels. “Le tendimos puentes de oro a Ernst Jünger, pero él no ¿pasa? por ellos. Declaró el futuro ministro. Jünger esquivó. Despreció la invitación. El nombre de Jünger va adquiriendo lentamente un tono sospechoso. En uno de sus últimos libros El autor y la Escritura, Jünger escribe, motivado por estas cercanías y por algunas lejanías: uno no puede evitar que le escupan a la cara, pero sí que le palmeen el hombro. La palmada en hombro es la forma simpática de la humillación. En este caso el tono siniestro de la ruina.

De 1932 es su libro más complejo y más incomprendido Der Arbeiter, El trabajador. Una reseña de este texto es una tarea imposible, salvo que uno quiera seguir malentendiéndolo. Es de lectura lenta. Los términos necesitan ser redefinidos a la luz de sus otros trabajos anteriores y posteriores. Una introducción a la metafísica jüngeriana es complicada. En su caso habría que hablar de “ultrafísica”, que es el término que él utiliza en otra de sus publicaciones de la última época. La tijera. “En la actualidad habría que preferir tal vez el término ultrafísica a metafísica; ultrafísica, es decir, una continuación de lo real hacia ambos lados –semejante a la continuación del espectro más allá de la franja de lo visible–”. Quizá haya en esto un clave para comprender El trabajador. Quien no designa a un individuo ni a un movimiento, sino a un tipo o una Figura. Ella es la que irradia su influjo. Es unidad. Magnitud. No es suma de partes. La que otorga el carácter a una época. La era de la técnica, del titanismo y de los Titanes. Lo opuesto al burgués y al mundo ordenado por éste. Al mundo de los Dioses, derrotados por aquellos. “Que el trabajador se conciba a sí mismo de una manera diferente y que en sus movimientos cese de expresarse un reflejo de la conciencia burguesa y comience a expresarse una conciencia peculiar de sí mismo”.

La voz de Jünger suena oracular muchas veces. Sus intenciones expresivas van a comenzar a escapar de a poco de las circunstancias particulares, de los acontecimientos del momento, de lo accidental, luego de su etapa de polemista. Un desprendimiento de la inmediatez que no debe ser considerado ni neutralidad ni lirismo romántico. Su estética, si esta palabra es aplicable a su estilo y perspectiva, seguirá siendo dura y realista. Su materialidad profunda. Jünger se aparta, sin alejarse a los territorios transitados por Heidegger. Su actitud responde a estratégicos principios políticos que desarrollará más tarde por escrito en varias de sus publicaciones. El mundo de las cosas y de los asuntos contará con su participación activa, pero no comprometida. El mundo comienza a oscurecerse. 1933. El nazismo está en el umbral del gobierno de Alemania. Jünger seguirá siendo un soldado. Tiene 38 años.

“Después de los terremotos la gente golpea los sismógrafos.” Radiaciones, I.

El Emboscado (II) Sobre Ernst Jünger

Por Marcelo Pompei


“Es menester calar la lógica de la violencia, guardarse de hermosear las cosas (…), y guardarse asimismo de desempeñar el infame papel de los burgueses, que desde lo alto de sus seguros tejados moralizan a quienes intervienen en un terrible conflicto. Quien no esté mezclado en él, que dé gracias a Dios, pero eso no lo legitima para convertirse en juez.” París, 26 de mayo de 1944.
Radiaciones II. Ernst Jünger

Hitler despotricó mitos. Alemania aclamó fábulas. Hitler calcinó el Parlamento. Alemania se calentó. Hitler apretó. El contexto cedió. Alemania se nazificó. Hitler desparramó disfraces de SS. Alemania se vistió. Se embanderó. Hitler se hizo cargo del gobierno. Hitler se cargó a la SA. El partido se encargó del Estado. Alemania adoptó una pose defensiva y criminal. Alemania se desplegó. Anexionó. Los nazis se desparramaron. Ocuparon territorio. Ocuparon cargos. Hitler dejó de replicar. Empezó a aplicar. 1939, estalló la guerra. La Segunda Gran Guerra. La historia es conocida.

Para esta época Jünger ya había logrado cierta reputación como escritor, pensador y polemista político. Sus lectores no deseados, pero inevitables, lo tientan a entrar a la Academia Alemana de Poesía. La poética del momento era aria. Jünger declinó la invitación. Su reputación sigue intacta, lo que le otorga cierto escudo de protección, pero comienzan a susurrar secretos a sus espaldas. Es sospechoso. Se va de Berlín y se refugia en un pueblito: Goslar.

EL Volkischer Beobachter, la voz del pueblo, era el periódico y folleto del partido en los años 20. En los 30 era el periódico del Estado nazi. Rosemberg su editor, la voz de sus ideas. Konstruye Kultura. Allí, sin que el consentimiento de Jünger, publican parte de su libro Corazón aventurero. Esta involuntaria participación lo coloca del lado de los colaboradores. Esto crea confusión acerca de la reputación de Jünger. La confusión se mantuvo hasta el fin de su vida, y más allá. El pico más alto llegó cuando le fue otorgado el premio Goethe en 1982. El caso de Jünger es un claro ejemplo de que en ciertas circunstancias el reconocimiento viene acompañado de una apedreada. Jünger nunca fue un objeto unánime de la cultura Alemana. Bajo este fuego se templa el carácter del emboscado: un objeto unánime para sí mismo. Y así, se mantiene a distancia de la época. Se acerca a lo intemporal.

No obstante, existe una fase intermedia que dado el momento es la más conveniente adoptar: la del anarca. El término es de su puño y letra para diferenciarlo del anarquista convencional. Este concepto y actitud política Jünger la desarrolla, la medita y la explica en el formato de la novela. Su título es Eumeswil. Definir al anarca no es sencillo, requiere de todas las páginas de la novela. En principio habría que decir que la del anarca es una perspectiva y una actitud frente a las circunstancias y frente a las tiranías. El personaje que en la novela representa el pensamiento de Jünger, Venator, confiesa: “Mi naturaleza es, si se me permite decirlo, no oblicua sino rectilínea. No me desvío ni a la derecha ni a la izquierda, ni hacia arriba ni hacia abajo, ni hacia el Este ni hacia el Oeste, sino que mantengo una posición equili¬brada. Por supuesto, analizo estas oposiciones, pero sólo desde una perspectiva histórica, no actual. Soy persona no comprometida”. No se trata ni de un conjunto de acciones a ejecutar y menos una actitud moral. Se refiere a aquel sitio en que es mejor colocar la mirada, la palabra y los pies. Y el juramento. Por esto Venator, y también puede pensarse que fue la actitud de Jünger durante la guerra, declara: “Me mantuve normal, por mucho que profundizaran en sus sondeos. Cierto que pocas veces lo normal coincide con lo rectilíneo. Lo normal es la constitución humana. Lo rectilíneo es la razón lógica. Con ésta, pude dar respuesta satisfactoria a sus preguntas. Lo humano, por el contrario, es tan general y al Mismo tiempo tan oculto que no pueden percibirlo, como no se advierte el aire que respiramos. Por eso, no pudieron penetrar hasta el anarquismo de mi estructura fundamental.”

Ese anarquismo es el esqueleto intemporal. El bosque anímico. El único sitio en el que puede llevarse una vida ajena a las exigencias y a los exigentes. Lo externo pertenece al tiempo y a los bandos. Esta maniobra es política y psicológica. Cada época contiene su forma particular de poner en juego la supervivencia. Cada época elabora las formas de matar o volver loco. La contrapartida es fabricarse las herramientas de supervivencia. “Yo he logrado conservar mi estilo, incluso en las guerras”.

Requiere de la conciencia de que existe una línea de demarcación entre lo invisible y lo visible. Una zona de juego y un núcleo anárquico inexpugnable. El funcionario habita la primera y jura fidelidad a las reglas. Vela por ellas. Las aplica con celo. Vigila su cumplimiento. Es su forma de huir del núcleo. El anarca ejerce sus funciones, toma lo que le viene dado, pero no presta juramento. Es un jugador que no apuesta su libertad. Sabe que una apuesta buena no debe hacerse en una banca fraudulenta. Puede jugar con las negras o con las blancas, pero nunca patea el tablero. Le es suficiente saber que puede hacerlo. La simple exposición de las opiniones, aunque con buenos argumentos y a voz en cuello, reditúa mucha dignidad y pocas nueces. Y demasiados peligros. Derrama la sangre que atrae a los tiburones. La verdad no se compadrea. A quienes sostienen lo contrario y actúan sus posiciones políticas sobre los escenarios preestablecidos, los de la ambigua libertad de opinión, Jünger les dice: “Lo que ha hecho al poner una cruz en el lugar peligroso ha sido los que de él estaba aguardando su prepotente adversario. La acción aquí ejecutada es, con toda seguridad, la acción de un hombre valiente, pero a la vez la acción de uno de los innumerables analfabetos en las cuestiones del poder. Es alguien al que es menester prestar ayuda”. El argumento es provocador, pone de manifiesto nuestras torpezas estratégicas. La ambigüedad de nuestros actos radica en que a la vez que cultivamos nuestro buen nombre nos cavamos nuestra tumba. Pura lírica. Mucha emoción. Detrás de estas líneas jüngerianas resuenan la voz de Maquiavelo: “Porque un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de bueno, labrará necesariamente su ruina entre tantos que no lo son.”

El anarca no cree en triunfos morales.“… anárquicos somos todos. Esto es lo normal en nosotros. Cierto que es un anarquismo al que, desde el primer día, se le pone coto, a través del padre y de la madre, del Estado y de la sociedad. Son recortes, sangrías de la fuerza primordial, a las que nadie escapa. Hay que contar con ellas. Pero el componente anárquico sigue en el fondo, como un secreto inconsciente hasta a sus propios portadores. Puede irrumpir, desde lo profundo, como lava, puede aniquilarlos y también liberarlos.”

Desde el punto de vista histórico a Jünger le tocó jugar con las peores fichas en el peor tablero. Jugaba de día. De noche anotaba en sus diarios, los que escondía o remitía a su mujer en Alemania. Cada día. Cada noche. Caminaba por el límite, por el filo. Fue inconfundible para sí mismo, pero confuso para el entorno. A los ojos de los buitres pasaba por un soñador volado, cuando en verdad era un observador atento. De él nos quedan más que sus huesos y su nombre. Nos queda el testimonio de los años del fuego y el exterminio. De ahí estas líneas de Eumeswil: “El monarca quiere dominar a muchos, mejor aún, a todos. El anarca sólo a sí mismo. Esto le sitúa en una relación objetiva, y también escéptica, respecto del poder, cuyas figuras deja desfilar sin tocarlas para nada, aunque no sin emoción interna, no sin pasión histórica.”

Durante los años 30 nace su segundo hijo Alexandre. Jünger cambia de residencia unas cuantas veces. Trata de moverse por los márgenes. Hitler comienza a trabajarle la cabeza bajo la forma de una novela que lo pondrá en una situación comprometida. “Desde el principio la fisonomía de Hitler me pareció sospechosa”. En el momento en que se moviliza hacia el frente occidental, la ocupación de Francia, donde pasa la mayor parte de los días de la guerra, sale publicada su novela Desde los acantilados de mármol. En el formato de la alegoría Jünger hace constar su visión sobre el nazismo y sobre Hitler. La alegoría no es difícil de literalizar. Pero crea confusión. Les da trabajo a los censores. Comienza a preocuparse por la cantidad de ejemplares vendidos. Con el grado de capitán del ejército Jünger elude y llega hasta París. Los diarios de la segunda guerra mundial, Radiaciones I y II, cuentan el desarrollo de los días de la ocupación alemana. Entre las muchas ocupaciones que lo mantienen despierto, una es la de leer la Biblia y comentarla en sus apuntes. Habla de esto como si se tratara de una pena que se impone. Jünger no es un creyente, ni se reconoce practicante de ninguna religión. Pero encuentra refugio en la lectura del Libro y de los libros en general. Como también lo encuentra en la compañía de los hombres de la cultura francesa ocultos en buhardillas parisinas. Uno de ellos fue Jean Cocteau.

Al promediar la guerra se pone a trabajar en un ensayo, titulado La paz, que causará cierta solapada inquietud. Circulará manuscrito de manera clandestina. Se lo susurran unos a otros. Se los encontrará entre las pertenencias del Mariscal Edwin Rommel. El tema es la situación bélica. La falacia de los bandos. La derrota mundial. La manera de alcanzar la paz. Ni objetivo ni su postura coincide con los propósitos de dominación perseguidos por el ideario nazi todavía en el poder. Un poder que comienza a declinar. La balanza se va inclinando hacia el lado de los aliados. Jünger siempre fue conciente de que esta clase de tiranías no duran.

Comienza a madurar la idea de ejecutar otro atentado contra Hitler. No quedaba alternativa. La solución era desembarazarse de él. Durante el invierno de 1943 Jünger realiza tareas de inteligencia en el frente del Cáucaso para sondear la voluntad de los oficiales respecto a tomar tal medida. La misión es peligrosa. La distinción amigo-enemigo no tiene validez en este contexto. Nunca se sabe quién escucha. Nunca se sabe de qué lado está el interlocutor. Nunca se sabe qué clase de información se puede estar dando. Lo único seguro son las consecuencias que puede sufrir quien muestre simpatía por medidas magnicidas. Rommel es un ejemplo. O quien muestre una simple antipatía por Hitler y lo haga saber en una ronda de bar. Ernestel Jünger, su primer hijo, es otro ejemplo. Declarar su oposición lo lleva a la cárcel durante algunos meses. Luego es enviado al frente. Nunca se supo de qué lado provino la bala que lo mató en las canteras de mármol de Carrara. Pero se sospecha sin lugar a dudas. La noticia de la muerte de su hijo le llega a Jünger tres meses más tarde.

El atentado de Stauffenberg contra Hitler, el 20 de julio, falla. Hitler sale apenas rasguñado. Sus ejecutores muertos. Jünger deja definitivamente el ejército. Se refugia en Kirchhorst. Se pone al frente de una milicia territorial, el Volksturm local. Allí, en 1945, le toca la tarea de deponer las armas de la región e intentar sufrir las menos bajas posibles entre sus hombres, a los que les aconseja no oponer resistencia. El inglés con el que debe cerrar el trato por la paz había sido casualmente su traductor al inglés. La transición fue pacífica.

A partir de 1950, Jünger se retira definitivamente en Wilflingen, Suabia, donde vive los próximos 48 años de su vida, de sus libros y de sus insectos. Habita la casa del Gran Guardabosques de la familia Stauffenberg. Una rama de la familia de aquel que atento en contra de la vida de Hitler, a quien en sus diarios, Jünger apoda Kniébolo. Un apodo que se le aparece en sueños y que encierra un tono adecuado a tal espíritu.

Jünger finalmente se retira de la vida activa, pero no de la productiva. Había dado todo lo que a ese tipo de vida se le puede dar. Su cuerpo. Su imagen permaneció confusa. Sembró admiradores y detractores, y unos cuantos lectores de todas las mentalidades y orígenes. Su calidad literaria, su erudición, su vocación por la curiosidad son innegables. Como lo es el placer de leerlo. De aprender de él. Quien quiera internarse en su bosque deberá leerlo, solo, sin recetas y sin la guía de ninguna pretendida autoridad. Siguiendo un consejo de su pluma: “mas vale las experiencias que las advertencias.” Esto no ha pretendido ser más que un semblante apurado de su persona. Sus libros están ahí.

Jünger muere en Wilflingen en 1998.

Termino con estas caprichosas y certeras líneas de uno de sus lectores, Félix de Azúa: “Así pues, también él ha muerto. No seré yo el primero en decir que corría la sospecha de su inmortalidad. Que Jünger pudiera no morirse nunca ilustra mucho acerca del personaje. En realidad había muerto ya muchas veces, en la primera guerra, en la segunda, cuando mataron a su hijo, cuando lo desnazificaron, cuando, a pesar de todos los testimonios, los resentidos continuaban hablando de él como de un nazi blando y reconvertido, un esteta, siendo así que había sido todo lo contrario, un estoico sin un átomo de aprecio por lo “estético”, un duro antinazi precisamente porque no tenía ni un pelo de demócrata.”

(http://lalectoraprovisoria.wordpress.com/)
Publicado por Silsh @ 2:43  | Artículos
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Comentarios
saludos
Publicado por pocholo
sábado, 28 de junio de 2008 | 13:54
Se seguirá tratando de las orgías con cine en el barrio de Palermo donde se acuesta con sus alumnas?
Publicado por ParticipanteAnonimo
miércoles, 21 de octubre de 2009 | 19:32