S?bado, 14 de junio de 2008
Las puertas del insomnio
Sobre Cosmópolis de Don DeLillo

Por Marcelo Pompei

No es poco lo que le debemos a las horas de insomnio. El insomne, si no se queja y sufre, puede ser un aventurero de la noche. Las aventuras de los que van “oscuros bajo la noche solitaria” se componen de tenues satisfacciones. La nocturnidad es un estimulante sutil. Nos convierte es seres implícitos. Son horas para cuidar de sí. Para la introspección. Para juegos de griegos sinvergüenzas o estoicos sombríos. El insomne se aventura allí donde el descansado responsable no se metería. Por prejuicio o por falta de tiempo. Ejemplo menor: El noctámbulo no ve televisión, “engancha” un programa como el pescador con el bichero. Digresión 1.
Ver es un acto muy formal; y de las formalidades de lo obvio es de lo primero que se deshace el que no duerme. Es al mismo tiempo, pero de forma separada, una pura conciencia y un puro cuerpo; piensa y siente de manera simultánea, pero sin contacto entre ambas actividades. La metafísica del ser es alérgica al sol: son asuntos que exigen una asepsia contra la cual conspira el mundanal ruido. El mutis monástico es fundamental. Del otro lado, los reclamos nocturnos del cuerpo son distintos a los del día: las apetencias del cuerpo son menos obedientes a las normas de consumo. Se aviene a tradiciones atávicas: a devorar bocados dulces sin medida. Así, la conciencia puede perderse en sus devaneos inconexos, darse el lujo de ser ella misma; dejar de buscar soluciones a problemas ajenos, los del mundo inmediato. El cuerpo premiarse con delicias. La noche huele diferente al día.
El insomne recorre canales de televisión, páginas de libros, elefantiásicas enciclopedias o su propia cabeza como si fueran galerías. Y así se educa en materias inútiles, que serán sus tesoros privados. Sabrá del girasol y la soja transgénicas. De abstrusas estrategias de guerra de generales obtusos. De la tonta molécula del jabón de tocador. U obtendrá una clase rápida, accesible, magistral, sobre la relatividad o los números primos. Pero puede que no vea televisión ni lea, sino que simplemente camine, deambule por esa casa, le preste atención, quiera conocerla y empezar a vivir en su casa; reconocerle cierto encanto a ese rincón olvidado o encontrar desesperantes discordancias geométricas en la estructura. Hasta acercarse a la biblioteca, o a los libros, y sobre todo a esos libros; a los que nunca leyó pero siempre poseyó. Abre uno, lo hojea, lo deja. Levanta otro y detrás: ese que siempre reclama ser leído. El insomnio le da la oportunidad a un libro, a un autor, a un mundo. El insomnio es un viaje y una estadía: del que yo quiero hablar es el del que hice noches atrás a New York; mi agente de viajes: Don Dellilo; en aerolíneas Cosmópolis.
Y con el insomnio del magnate y todopoderoso asesor financiero Eric Packer comienza esta novela, luego del cual llega a la conclusión de que necesita un corte de pelo. La historia transcurre en las calles de Manhattan, a lo largo del recorrido que el personaje hace en su limusina para alcanzar su objetivo: cortarse el pelo. Sí, cortarse el pelo. El tono inocente y carente de jerarquía del destino se afianza con la convicción de que es una necesidad. Un dictamen ajeno a la voluntad. Al corte de pelo se lo necesita. Y su anuncio llega como una intuición de oscura procedencia.
Nos consta que un corte de pelo no es una simple poda. Un corte de pelo es un punto y aparte que surte efectos psicológicos inmediatos. Y a la vez es síntoma de que un cambio se avecina y al que hay que salirle al encuentro valiéndose de un artilugio que lo provoque: un corte pelo es uno de ellos.
A partir de eso uno se pregunta que tendrá para contar un autor que lleva a su personaje a cortarse el pelo. Me anticipo: contar nada, decir mucho, acerca de unos cuantos temas urgentes y de moda. Al mismo tiempo el anticipo del simple objetivo hace mella en el lector, que a las dos páginas ya está entregado y receloso. No se puede dejar de pensar que algo se oculta detrás de ese necesario corte de pelo.
Esa limusina en la que se traslada más que una casa rodante es un mundo rodante, o mejor, cuatro ruedas sobres las que Packer se lleva el mundo consigo. No es un simple objeto que otorga distinción de clase; eso es cosa del pasado. Polarizar, para separar brillos de oscuridades, ya no alcanza, hoy hay que blindar. Con su piso de mármol de carrara, su carrocería antibalas, su conexión vía satélite, sus múltiples pantallas interiores, que aumentan al infinito lo que apenas se puede ver por una ventanilla, ese carromato es un bunker de negocios, un despacho de reuniones, un consultorio médico y un refugio anti-terrorista. Packer no viaja sólo: Va su chofer, al que aún no decidió si debería mirarlo a la cara; un jefe de seguridad experto en el lenguaje codificado del temor y del temblor; su asesora financiera, que le hace conocer el placer del sexo sin carne; su filósofa, que tiene la misión de hablar y vérselas con ideas; su médico, que, a través de un tacto rectal, alcanza su objetivo prostático, dentro de la limusina y frente a su asesora; finalmente, su perito matemático de ventitantos años, un punk de altísimas calificaciones, listo para retirarse del negocio. Su mujer, apenas mayor de edad, poeta heredera, no de talento literario sino de una fortuna familiar, viaja en taxi. Tienen apenas días de casados.
Afuera ocurre lo que ocurre en cualquier ciudad: la visita del presidente, una manifestación violenta, un suicidio, un funeral masivo, caos de tráfico, explosiones y ratas.
Packer es algo así como un Howard Hughes modelo 2000, pero menos, mucho menos, encantador y subversivo. Su manía está desteñida por la indolencia meditabunda y, peor, su paranoia ya no es exclusiva, es la de todos. Es desdeñoso con ella; Hughes le rendía culto con precisión de ingeniero. Hoy la paranoia aburre porque no tiene misión ni es calculada; es un acto reflejo. Packer mira, piensa y lo compra hecho. Hughes hacía y vendía lo que inventaba. Hughes se encerraba a pinchazos de codeína cuando todo el mundo salía por la puerta del porrito y del ácido. Todos volaban cuando Hughes ya no piloteaba. Packer compra su avión a traficantes de residuos de la guerra fría, un caza bombardero ruso. Residuos dejados por Hughes. Digresión 2.
Suena obvio decir que Hughes es un misterio. Lo que no es un misterio son las dificultades que presenta su figura real y mítica, ni qué decir de su mística: menos comprendida y más medicada. Lo que fascina es su leyenda; esa abnegada oscuridad de monje medieval. Serpentea en los cerebros de varios buenos escritores, historiadores y falsarios, no obstante creo que pocos han logrado tocar la tecla. No digo que habría que inmiscuirse en los detalles de su intimidad misteriosa de los años de encierro. Además sería imposible lo que no se logró en su momento con tantos ojos por el hueco de la cerradura. Hughes no es hoy tanto un misterio como una incomodidad histórica; un ser admirable y monstruoso en cuerpo y alma. Entonces ¿cuál es el género apropiado para relatar las hazañas de este prócer dudoso? ¿El épico, el de la denuncia, el de terror, el histórico, el periodístico? Todos al mismo tiempo es la novela. James Ellroy lo recuerda y lo relata en el trasfondo de sus novelas americanas. Maniático y cruel, dueño caprichoso de cosas y personas, es tan necesario a la historia de Estados Unidos como los Kennedy, Nixon o el Pato Donald Trump. Hughes se anticipó a la paranoia que estaba por llegar, y lo hizo con medios menos sofisticados que lo actuales para experimentarla: la diluía en analgésicos y sangre de mormón. Eran épocas donde la manía nerviosa tenía estilo. Hughes era precioso. Más tarde este estilo se generalizará, se lo explotará, será pura cosmética pop. La crítica lo someterá a examen para elaborar diagnósticos y pronósticos apocalíticamente latosos.
Sobre estos medios y de los modos de su sufrirla y vivirla también habla esta novela, y no lo hace directamente a través del relato porque no hace falta. La paranoia se respira. Es una estructura inmanente, una condición casi pura para amedrentar cualquier experiencia vital. Es un patrón de organización temporal y espacial. Es un argumento que convierte la culpa psíquica, ocasionada por el querer caprichoso, en una imprescindible necesidad que justifique adquisiciones inútiles y costosas. Es también una unidad de medida y una estrategia de mercado. Es la primera papilla del bebé y la última píldora de la noche de los papás. Es el valor nutritivo de los alimentos que ya no tienen ni gusto ni gracia, sino que fortalecen, enriquecen o decoran. Es arquitectura y es diseño de seguridad. Es firewall y anti-spam. Es contacto de larga distancia. Es piel digital y ojos de cámarita web.
La de Hughes, en cambio, era una paranoia heroica, era insoportable y agresiva. Homérica. Pura. Hoy es vulgar y tan necesaria como una categoría Kantiana. Un malestar privado devenido a condición de posibilidad de rasante trascendentalidad. Una persecuta boba. Esto por un lado.
En contraposición, o no, de cuántas maravillas tecnológicas imprescindibles nos va dotando el miedo actual al desastre o a la invasión. Cómo nos hace más fácil la vida y cuántos problemas resuelve para dejarnos tiempo libre para experimentar ese dulce estado de catatonía productiva, que antes se llamaba ocio recreativo. Vista desde dos ángulos críticos no todo es negación en la vida paranoica. Nos da y nos quita. No tonificará pero le da tono a una forma de vida; se dice que la nuestra. Se pregona que nuestra existencia está marcada y limitada por la paranoia; se denuncia el horroroso vínculo mantiene con la razón, etc. ¿Y las formas de vida, los modelos de existencia, no se constituyen también a fuerza de restricciones tácitas? Restricciones, privaciones, límites y pérdidas que según algunos adjudican al estado de persecución y miedo en el que vivimos. ¿No operaban así la moral griega o la cristiana, las que también modelaban formas de comportamiento a fuerza de permisos y interdicciones? Los que hayan leído a Foucault encontrarán un poco retóricas a estas preguntas. No hay modo de vida sin privaciones, aunque sean imaginarias.
La moral clásica ha dejado paso a una paranoia fructífera y restrictiva que enriquece el ingenio colectivo: entretiene a todos, exprime a ingenieros, da trabajo a ensambladores de circuitos integrados en china y hace supurar angustiados lamentos a intelectuales críticos, fieles a las expectativas del lector, ahogado en terrores puritanos. Hay que ver el sarpullido que sufre G. Agamben cuando ve lo que el teléfono y el subterráneo le hace al Ser. Ni hablar lo que el Wi-Fi le hace Dasein. Encantamientos de brujas digitales. No son pocos los autores que asustados por los nuevos avances han condenado a muerte a las experiencias inmediatas de los sentidos, asestando responsabilidades a todo lo que tenga se enchufe a la corriente eléctrica o a la red de fibra óptica. Nos creen condenados a un encierro terminal. (Cfr. G. Agamben, Infancia e Historia, Bs. As. Adriana Hidalgo, 2004)
¿Qué época añoran en que las experiencias primarias, las del contacto corporal con los demás y con el entorno por ejemplo, no hayan encontrado alguna dificultad, un regaño, una solicitud de buena conducta? Estos anuncios de Apocalipsis de clausura material o mental son entretenidos y útiles para el futurismo literario, válidos dentro de la especulación imaginativa, pero son sosos, por tajantes, como diagnóstico de la realidad material y efectiva del mundo contemporáneo. Lo que requieren esas anticipaciones para resultar posibles es que se escriban de buen humor y con todas las ambigüedades e incertidumbres de las que el buen novelista sea capaz. Y en lo posible a favor. Que no tengan el tono de la Advertencia en boca de los Enviados. (Cfr. Las últimas novelas de J. Ballard) La paranoia tiene dos caras como cualquier otra configuración moral. El arte de navegar por la red no ha hundido al botecito de remos. Esto en el caso de que la nuestra sea una época señalada por la paranoia. No lo sé.
Un dato formal de la novela en cuestión, Cosmópolis, es que tiene doscientas y pico de páginas en la edición en castellano. Un buen número para una noche en vela de un lector concentrado. Todo depende de la apertura de la trama y de la puntada utilizada. La rapidez de lectura le otorga su holgura. En este caso el punto esta muy trabajado, lo que predisponen a la dispersión. En cambio la trama es abierta, distendida, no pasa mucho. Es pura reflexión y casi ninguna acción, lo que predispone a las digresiones, a las que le doy cabida aquí. Esto hace que esa cantidad de páginas sean demasiadas para una sola noche. Con suerte al amanecer se llega pensativo y somnoliento a la página 50, o 60 si se la lee en invierno. Debo reconocer cierta decepción creciente a esa altura del libro, porque ya se intuye que no va a pasar nada y que se enfrenta a pensamientos sobre el mundo de hoy que el autor le manda a decir a sus personajes. Este tipo de novelas son una simple excusa. Uno espera de ella que pasen cosas, no tratados rápidos sobre todos los ítems de la época. Uno espera encontrarse en alta mar con Conrad o en la ruleta con Dovstoievki o en la escena del Crimen con Ellroy, y termina en un aula tomando apuntes con Thomas Mann. No obstante lo que nos entretiene, mientras pensamos lo que el autor nos piensa, son los acontecimientos que hacen de escenario y trasfondo. Sumado a esto hay que reconocerle a DeLillo su buena escritura, un buen tacto para ciertos asuntos del presente, y más que nada para los detalles psicológicos. Todo lo cual no sería atractivo si no contara con ese sentido del humor con el que cuentan los observadores divertidos y cínicos. No con esa amarga decepción en la que se derriten y nos riegan los que esperan un mundo un poco menos peor. También entretiene que nos tire temas e imágenes como si fueran centros al área para ver si embocamos alguna idea en el ángulo o fuerte y de puntín al medio.
Dos de los temas tratados salen por la boca de la filosofa portátil de la que se vale Packer. Ya les conté que Packer va cortarse el pelo. Parte de ese trayecto lo hace en conversación con su filósofa que le habla del dinero y del tiempo. Qué le dice la señora: que con su dinero no compró su departamento de 48 habitaciones y dos ascensores, ni su propio espacio áereo en NYC para el helipuerto, ni su acuario (tiburón incluido). Ni su bombardero ruso. No. Lo que compró fue el número. Packer tiene 104 millones de dólares. Lo que adquirió fue la cifra 104 millones; el porno-placer de pensar en ella, en ese número. El dinero no compra cosas. Compra el sabor de la fortuna. Se posee el Número. Breve digresión 3.
No le costaba nada a Don DeLillo adjudicarle por lo menos 300 millones. Hago la cuenta y 104 no alcanza para comprar todo eso. Más si tenemos en cuenta que con el avión sólo se le fueron 31 millones. Sé que el dinero no es una suma fija en un banco, eso no hace fortuna, sino que el banco al que asesoramos (o asesora Packer) nos suelte un préstamo cuantioso para una inversión rápida y dudosa. El dinero se mueve en la invisibilidad y la intangibilidad, y a veces se transforma en objetos materiales. El placer está en saber que uno lo mueve con pases de prestidigitador y causa efectos sólo comprensibles para los astrólogos del Zodiaco de Mercado. Don DeLillo se inventa un millonario de viejo estilo que juega en un tablero nuevo. Compra yenes a crédito, los intereses varían de acuerdo a las fluctuaciones que sufra en su cotización. Un negocio redondito, si el yen no se mueve. Y eso es lo que sabe Packer, que no se puede mover. Pero se mueve. Y se mueve por un error fácil de detectar: porque Packer es el que lo hace mover. Compra. Sube. Paga más intereses. Se hace más pobre. Es punto y banca. Esto no se si está en la novela así tratado pero me pareció ver un problema de lógica financiera en la que no me especializo.
El dinero además es la sucursal material del filosófico tiempo. Otra de las ideas que embriaga a la filósofa. La eternidad se esfumó hace un par de siglos. No es problema. El pasado pasó de moda y no preocupa en el día a día. Es profesión de unos pocos rastreadores eruditos o un artículo anecdótico cargado de anécdotas iconoclastas. Belgrano tenía granos y no creo la bandera, la compró hecha en un rastro madrileño, por ejemplo. Es la historia que entretiene y educa. Corrige los errores garrafales de nuestros manuales escolares en los que hemos derramado lágrimas de putrefacción. El pasado apenas queda como preocupación porque es un residuo persistente y reciclable.
Lo que preocupa es el futuro, el presente no, porque es resignación ansiosa. Lo que va a venir. Queremos saber que es lo que nos espera. El historiador le deja el escritorio a adivinadores de todo plumaje. Desde agoreros hasta sociólogos zen. La teoría se ocupa del porvenir: lo rechaza o lo espera como una madre enojada. Nos advierte de los peligros. Los tecnólogos e inventores apuntan las antenas de los aparatos hacia el futuro. No hay máquina, sobre todo las informáticas, que no nos despierten de nuestros letargos. Que no nos ponga en alerta. Todo está adelante y siempre algo nos avisa. La alarma es el dispositivo básico de todo ensamblaje electrónico. Packer se hace o intenta hacerse leer las plantas de los pies.
No me arriesgo a decir más de Don DeLillo porque no he leído más que uno sólo de sus libros. Éste. Y de este lo que puedo decir es que es un libro con trampa. Al principio promete de ser una gran novela, y termina siendo una buena novela más. Todo a fuerza de buen lápiz, buenos giros de estilo, exageraciones y desconciertos. Así como no hay grandes escritores, sino seres que escriben y a los que somos afines y amigos, tampoco hay buenos libros, sino buenas lecturas, que no son más que algunas digresiones noctámbulas. Esta ha sido una buena lectura.

Publicado por Silsh @ 19:00  | Art?culos
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Comentarios
Como siempre...Hermosas palabras...
Publicado por ParticipanteAnonimo
S?bado, 09 de agosto de 2008 | 2:57