Domingo, 10 de agosto de 2008
PEDRO RIVERA: ACERCAMIENTO SINÓPTICO EN TRES CUADROS

por Dimas Lidio Pitty (poeta y narrador panameño)

Presentar un libro de alguien es hablar de ese alguien: de lo que es, de lo que hace, de lo que significa, de lo que busca, de lo que ha encontrado, de lo que sueña, de lo que propone y de lo que espera. En otras palabras, es hablar de un ser humano sintetizado en una obra, o, en términos más abarcadores, de un hombre y su circunstancia, como dijo el filósofo español José Ortega y Gasset. Y si esto ocurre al presentar una obra, ¿qué sucede cuando en una sola velada se presentan seis libros del mismo autor, tres de ensayos y tres de cuentos? 

Obviamente, la tarea se torna mucho más difícil. Y no sólo por la cantidad de títulos, sino por ser el autor figura descollante en el panorama de las letras nacionales.  Además, en el caso presente se agrega algo que resulta más comprometedor aún: el autor no sólo es amigo del presentador, sino que ha sido un hermano entrañable desde los años de la primera juventud. En consecuencia, de modo natural, la responsabilidad aumenta, pues, por un lado, se debe evitar que la amistad conduzca a juicios subjetivos y parciales; aunque, por otro, tampoco hay por qué reprimir o negar el elogio justificado. 
Ahora, ya establecidas las coordenadas y puntualizadas las cosas, veamos quién es y qué ha hecho el escritor cuyas obras nos congregan aquí esta noche.

UNO: Una vida en el tiempo

Pedro Rivera Ortega nació en Panamá, el 5 de enero de 1939. Fue un niño como otros  que con el tiempo, por su talento y a base de estudio y desvelos, se convirtió en poeta, narrador, ensayista, cineasta y promotor de empresas y proyectos culturales. Desde la adolescencia se adscribió a las luchas cívicas y militó en la Federación de Estudiantes de Panamá. Precisamente, como estudiante del Instituto Nacional vivió las cruentas jornadas de 1958, cuando las balas de la Guardia Nacional segaron vidas y sueños de jóvenes que demandaban mejoras en la educación y en las condiciones de vida del pueblo, además de libre juego democrático y el adecentamiento de la gestión pública. 

Aquí cabe recordar que la conmoción generada por el movimiento estudiantil abarcó prácticamente todo el país. En Colón, en las provincias centrales y en Chiriquí hubo diversas acciones cívicas de solidaridad y de protesta. Colegios como el Abel Bravo, de Colón, la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, de Santiago, y el Colegio Félix Olivares Contreras, de David, fueron centros neurálgicos y focos de irradiación cívica en aquellos días convulsos y ensangrentados.

También desde esa edad se entregó con fervor a la poesía. En ese marco de efervescencia social y patriótica, con el seudónimo de Marco Pueblo, el estudiante Pedro Rivera lanzaba versos como dardos a la cara bestial de los verdugos del pueblo y a la faz hipócrita y obscena de la oligarquía parasitaria y corrompida, que despreciaba a los nativos mientras se arrastraba ante el ocupante extranjero. Décimas y poemas en verso libre aparecieron en periodiquitos mimeografiados, y un famoso poema suyo, “Canto a un día cualquiera, a una mañana inmensa”, se imprimió en formato de afiche, en tiraje de treinta mil ejemplares que fueron pegados en las calles de Panamá. 

En aquella coyuntura de represión y rebeldía, su voz expresaba las emociones colectivas, sobre todo los más puros anhelos juveniles de elevación cultural, libertad, dignidad, democracia y justicia social. En tales circunstancias, cada joven sentía que era protagonista de una cita con el destino. No había lugar para indecisiones, escamoteos o cobardías. En las ideas y en las huellas de maestros como José Martí, Eugenio M. Hostos, José Ingenieros y José Enrique Rodó, en esos días de agravios, heridas y coraje, los jóvenes con sensibilidad patriótica y con sentido del decoro pensaban que “se era hombre se era piedra o se era nada”, como lo expresó, con vehemencia y propiedad, un verso del estudiante institutor Pedro Rivera.

Luego, Pedro Rivera estudió algunos años en Chile y se vinculó al quehacer sociológico y político, aunque simultáneamente continuaba inmerso en la poesía, la cual se podría decir que está en la base de todas sus inquietudes y realizaciones. 

De regreso al país, a principios de la década del sesenta, mientras militaba activamente en el movimiento estudiantil universitario, participó en importantes proyectos literarios y culturales, como el grupo Columna Literaria, de la Universidad de Panamá, que desarrolló una intensa y sostenida labor, en la década del sesenta, en el campus universitario, en los sindicatos, en los barrios populares de la capital y en otros puntos del país. También participó en las luchas patrióticas y sociales, principalmente en demanda de mejores condiciones de vida para los humildes y en defensa de los intereses y la soberanía de la nación. Posteriormente se interesó en el cine y organizó el Grupo Experimental de Cine Universitario (GECU), que sigue activo y se proyecta incluso fuera del ámbito universitario.

Además, en la década del ochenta comenzó una fructífera labor editorial bajo el sello Formato 16, que ha publicado un número considerable de libros y revistas. En la misma línea de afanes, durante casi un cuarto de siglo, ha mantenido la publicación ininterrumpida del plegable Temas de nuestra América, que ha contribuido a elevar y esclarecer el debate cultural y de las ideas en nuestro medio.

Pedro Rivera ha merecido el máximo galardón de nuestras letras, el Premio Ricardo Miró, en varias ocasiones y en géneros distintos. En 1969, fue el primer autor que ganó el Miró en dos secciones diferentes en un mismo año. Lo obtuvo en Cuento, con Peccata Minuta, y en Poesía, con Los pájaros regresan de la niebla. Después, volvió a ganar en Cuento, en 1993, con Las huellas de mis pasos; en Poesía, en 2000, con La mirada de Ícaro, y en Ensayo, en 2004, con la obra Condición humana y guerra infinita.  También ha recibido premios y reconocimientos por su trabajo cinematográfico en los festivales internacionales de cine de Leipzig (Alemania), Tashkent (Rusia) y La Habana (Cuba).

En la actualidad, Pedro Rivera, un autor ya reconocido dentro y fuera de las fronteras patrias, ha sido declarado Hijo Meritorio de la capital del país y le han entregado las llaves de la ciudad. Además, es miembro del Consejo Nacional de Escritores y Escritoras de Panamá.

DOS: Ideas para la gente

Para nadie familiarizado con la actividad literaria y con el medio intelectual panameño resultó sorprendente que Pedro Rivera ganara el Premio Miró de Ensayo 2004. Desde hace más de veinte años, en el plegable Temas y en revistas y periódicos diversos, Pedro Rivera ha publicado una gran cantidad de trabajos, casi siempre relacionados con la realidad histórica y sociopolítica. Y en el 2004 la sección de Ensayo del Miró estaba dedicada precisamente a los asuntos sociológicos. Por eso la distinción otorgada a la obra Condición humana y guerra infinita no fue vista como un premio ocasional --concedido por azar o por capricho de los dioses--, sino como justo reconocimiento a un empeño de largo aliento, pues ese libro culmina y compendia un sostenido esfuerzo de reflexión en torno al desenvolvimiento del individuo y de la sociedad en la historia. Y también, como es natural, en torno a la experiencia histórica de nuestro pueblo,  pues no tiene mucho sentido ocuparse del devenir y la suerte de los pueblos del sureste de Asia o de la marcha del mundo, si no se toman en cuenta la peripecia, la situación y el destino del propio país.

La obra Condición humana y guerra infinita es una aproximación a la historia del hombre, pero no vista como simple sucesión cronológica de incidencias --guerras, batallas, invasiones; surgimiento, ascenso y caída de regímenes, reinos o imperios; cataclismos, epidemias, descubrimientos, etcétera--, sino como proceso transformador y conservador, simultáneamente, de la especie y de la experiencia humanas en el tiempo. 

Resulta significativo que el autor no utilice cartabones, fórmulas y dogmas como antiparras, sino que procure ver la realidad a ojo desnudo, y, si es posible, palpándola, para explicarla a partir de la percepción natural y objetiva, no falseada, de los fenómenos y de los hechos sociales, de manera que la crónica y las conclusiones resultantes sean expresiones y derivados fidedignos de lo que ha sido o acontecido realmente, no la reseña y los reflejos de una realidad aviesamente distorsionada, o el relato candoroso de lo que alguien supone que fue, o la imagen editada por quien decide hacernos creer que tal o cual cosa sucedió de un modo y no de otro.

Ideas y conceptos utilizados desde los presocráticos hasta la actualidad, pasando por Heráclito, Sócrates, Platón, San Agustín, Santo Tomás, Rousseau, Hegel, Marx, Engels, Nieztche, Durkheim, Spengler, Martí, Marcusse, Sartre, Fanon, Mariátegui, Guevara y muchas otras figuras y cumbres del pensamiento y de la acción sociopolítica desfilan por esta obra y contribuyen a darnos vislumbres de lo que ha sido la peripecia humana y de lo que el hombre representa como sujeto y agente de cambio en la historia. Es decir, en estas páginas oteamos el pasado, el presente y el eventual futuro de la sociedad humana en su conjunto.

En Condición humana y guerra infinita, Pedro Rivera en cierto modo resume lo que ha expuesto a lo largo de años de continuada reflexión. Muchos de esos trabajos se publicaron originalmente en forma de artículos y ensayos sueltos y ahora se recogen en libros como El zoon politikon y Códigos de la caverna, que también acaban de aparecer y se presentan aquí esta noche. No importa que algunas veces las situaciones o los asuntos abordados sean locales o anecdóticos; lo que cuenta es que el planteamiento y las conclusiones aluden o apuntan al conjunto, a la totalidad de la experiencia humana.  Y eso es lo esencial: que el enfoque no sea miope ni parcial ni dogmático ni fantasioso, sino dialéctico y flexible, objetivo y abierto a los múltiples ángulos de la realidad

Ya ubicados en esta tesitura, quizás sea saludable recordar que en nuestro país el pensamiento social no ha sido muy fértil. En los campos de la política y del derecho ha habido incursiones más o menos productivas y, en ocasiones, felices; pero en otros ámbitos los aportes han sido contados y de escasa relevancia. Fuera de algunas contribuciones aisladas de Diógenes de la Rosa, Rodrigo Miró, José Isaac Fábrega, Isaías García --y de la obra de Ricaurte Soler, un maestro eminente, de estatura continental, en la historia de la ideas--,  es poco lo obtenido. Y en lo que respecta al terreno sociológico, los productos se han visto lastrados por un excesivo apego a esquemas y capillas, en algunos casos; en otros, por algo que acaso resulte más oneroso: falta de empeño y de rigor. Dicho de otro modo, con frecuencia lamentable, el producto no ha rebasado los barruntos, los refritos, las vanas repeticiones.

En este sentido --y al respecto no importa si compartimos o si rechazamos sus puntos de vista--, los aportes que Pedro Rivera ha hecho hasta la fecha lo muestran como nuestro pensador social más fructífero y significativo de las últimas décadas. Esto quiere decir que la lectura de los tres libros de ensayos que ahora ofrece al público debe convertirse en un imperativo para todo panameño que sienta algún apego por su país y se interese en el porvenir de todos. 

De acuerdo con algunas corrientes de pensamiento, el hombre es un ser para la muerte. Sin embargo, quizás no sea inapropiado decir que, en el plano de la historia, no en el de la ontología o la metafísica, el hombre más bien es un ser para la vida. Y esto parece compartirlo Pedro Rivera, cuando plantea que la cultura (el hombre en sí, consigo) es la única vía u opción de desarrollo que puede salvarnos de la aniquilación como especie; que en la cultura está la única posibilidad de que el hombre alcance la plenitud y sea integralmente humano.

En otras palabras, solamente mediante la cultura podrá el hombre extirpar definitivamente de sí --y dejar atrás las turbiedades del pasado, como las de una larga y mala noche--  todo vestigio de animalidad y salir del estado larvario, para convertirse en paradigma de sí mismo y siquiera vislumbrar alguna vez el contorno y las luces de la utopía.

TRES: Cuentos y recuentos

En los años sesenta, abundaban los poetas en la Universidad de Panamá, no así los cuentistas. Había una veintena de poetas y sólo dos o tres narradores o interesados en el cuento, entre los cuales estaba Pedro Rivera, aunque éste más bien era conocido y reconocido como poeta, pues incluso había publicado ya dos conjuntos de poemas: Panamá, incendio de sollozos (1959) y Mayo en el tiempo (1963). Ese interés suyo en la narrativa corta cristalizó luego en el volumen Peccata minuta (Premio Miró de 1969).  Posteriormente, Recuentos (1988), Las huellas de mis pasos (Premio Miró de 1993) y Crónicas apócrifas de Castilla de Oro (2005) han evidenciado y distinguido su continuidad en el quehacer narrativo.

Como es natural y comprensible, en un acto como este --máxime si existen limitaciones de tiempo-- no es posible intentar un examen siquiera somero de los tres volúmenes de narraciones que nos ocupan ni, mucho menos, ponerse a considerar aspectos o detalles de algunos de los cuentos. Esas tareas quedan para los lectores y los críticos. 
Sin embargo, sí es factible y conveniente señalar, grosso modo, que en los cuentos de Pedro Rivera, al igual que en sus ensayos, todo gira en torno a lo que constituye su preocupación toral o primigenia: la condición del hombre. Esto, que era perceptible en sus cuentos iniciales, se ha mantenido a lo largo de los años y es patente en los textos últimos. 

En otras palabras, el poeta juvenil no difiere del poeta y narrador adulto ni del ensayista maduro. Si fuéramos proclives a los pasatiempos y usáramos una paráfrasis teológica, podríamos decir que son tres etapas o perspectivas distintas de un solo autor verdadero. Tres formas o tonalidades de percibir al hombre en el mundo.
Ahora veamos qué nos ofrece el narrador.

El décimo mandamiento del famoso “Decálogo del perfecto cuentista”, del maestro uruguayo-argentino Horacio Quiroga, indica: Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno.  

Al parecer, el panameño Pedro Rivera tomó en cuenta estas palabras del gran escritor rioplatense a la hora de escribir los cuentos que esta noche ofrecemos a la atención de ustedes. Se puede pensar lo anterior porque, cuando se leen las narraciones contenidas en Peccata minuta, Las huellas de mis pasos y Crónicas apócrifas de Castilla de Oro, se tiene la impresión de que el autor está (o, por lo menos, estuvo) en el ámbito presentado en ellas.  Y esto --aunque al decirlo pueda sonar a mera cortesía o a lisonja de amigo-- no es poca cosa en el plano de la creación literaria.  Quiere decir que el texto posee y transpira verosimilitud, una cualidad que todo escritor serio y consciente de su arte anhela conseguir, ya que, como bien señala Quiroga en el mismo mandamiento: “No de otro modo se obtiene la vida del cuento.” 

Un rasgo distintivo en las narraciones de Pedro Rivera es la ternura: una especie de niebla afectiva envuelve a los seres y las cosas. Los personajes, sobre todo los marginados, los desvalidos, los del submundo --sean pícaros, prostitutas, boxeadores, pordioseros o simples bichos del arrabal-- no inspiran repulsión ni lástima, sino solidaridad. Quizás por eso en estos cuentos sentimos que las mujeres, los niños, los jóvenes, los viejos y hasta los animales pertenecen a una sola y antigua familia, que no es otra que la nuestra.

A fines del siglo XIX, en Rusia, Fedor Dostoievski hablaba de “las pobres gentes”, de los “humillados y ofendidos”. Por la misma época, en nuestra América, el siempre luminoso José Martí quería echar su suerte con los pobres de la tierra. Y ahora, en los albores del siglo XXI, en este pequeño país llamado Panamá, encontramos en el escritor Pedro Rivera una línea análoga de inquietudes e impulsos altruistas y solidarios. 

¿Qué significa esto?  Significa que la esencia del humanismo no conoce fronteras, que los desvelos en pro de la erradicación de toda forma de opresión, de intolerancia y de injusticia se extienden en la geografía y en el tiempo y son compartidos, continuados y enaltecidos por quienes creen en los valores y en las potencialidades del hombre, por quienes abrigan la convicción de que, a pesar de todos los pesares, la especie humana conquistará el futuro.   

Esto es, en síntesis, amigos y lectores de Bocas del Toro y de todas partes, lo que el poeta Pedro Rivera nos dice en sus ensayos y en sus cuentos. 

Universidad de Panamá (Sede de Bocas del Toro), 28 de octubre de 2005


Tags: poesia, panama

Publicado por Silsh @ 14:14  | Art?culos
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